17 de octubre de 2021

Pozo Alcón: La historia y sus gentes VII, por José Manuel Leal

QUIÉNES FUERON…

Inauguramos con este artículo una nueva sección que, bajo el epígrafe de “Quiénes fueron…”, tratará de profundizar en las vidas de aquellos poceños y poceñas que, de alguna forma, han sido significativos en la historia de Pozo Alcón. Y, para empezarla, vamos a dedicar varios artículos a dos parejas, a dos matrimonios, con ideas e ideales, con ideologías totalmente contrapuestas y que, de alguna forma, podrían simbolizar “las dos Españas” de otras épocas: son Manuel Antiñolo Quiñones y María Ubalde, por una parte; y Francisco Hortal Quiñones y Ángeles Hinojosa, por otra.

Manuel Antiñolo Quiñones es un personaje singular en la historia de Pozo Alcón. Hombre complejo y contradictorio, sus cientos de artículos, publicados en distintos periódicos durante más de 50 años, son imprescindibles y casi nuestra única fuente local de información política, social, económica, cultural y religiosa de gran parte del S.XX. Además, era poeta, un aceptable poeta, con algún que otro poema de calidad literaria y lírica.

Atendiendo a toda su obra periodística y literaria, podemos establecer dos grandes etapas en su vida. En su primera época, antes de la Guerra Civil y posterior dictadura, Antiñolo se nos presenta como polemista, sarcástico, con enfrentamientos continuos con el poder municipal, en especial con el alcalde Torres Quiñones; también como muñidor de posturas políticas, sobre todo, en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, y, aunque nunca o casi nunca tuvo un papel activo en el Ayuntamiento, sí que lo tuvo en los entresijos de la política local. En su segunda época, se nos muestra como un fervoroso franquista totalmente identificado con los ideales del nacionalcatolicismo y de la Falange, tanto como lo era su mujer, María Ubalde. En cualquier caso, un nacionalismo y un catolicismo que nunca, desde el principio, dejó de ser su signo de identidad al igual que su afán continuo por la mejora de las comunicaciones de Pozo Alcón.

Manuel Antiñolo Quiñones nació en Pozo Alcón el 3 de diciembre de 1888 y era hijo de Manuel Antiñolo y Tomasa Quiñones. Murió a principios de 1980, a los 91 años. Vivió en la calle Tosca número 2. Con 10 años, en diciembre de 1898, entró a trabajar como mancebo de farmacia en la de Francisco Antiñolo Leyva, y allí trabajó como auxiliar de farmacia hasta el 30 de mayo de 1956, ya con el hijo y sucesor de la farmacia, Manuel Antiñolo Quiñones. No hace falta señalar la coincidencia de nombre y apellidos de ambos, lo que, a veces, pudo y puede producir alguna confusión.

Fue su maestro de primeras letras el maestro de maestros Manuel Quiñones Moreno, a quien siempre admiró, defendió y denunció la gran deuda económica que el Ayuntamiento tenía con él. En un artículo demoledor, publicado en el periódico El Porvenir el 7/01/1918, en que respondía a una acusación de un concejal de Sevilla que afirmaba que “correspondía a los maestros la culpa de la incultura social en Sevilla”, Antiñolo, indignado, responde con este otro artículo titulado “La culpa de todos”. En él, como indica el título, reparte culpas entre autoridades, padres y sociedad. Y ya, para poner un ejemplo concreto, escribe: “Debe saber el señor Bol que en España hay Ayuntamientos que por atenciones de primera enseñanza adeudan a los maestros cantidades fabulosas. Yo le brindo el caso de un Ayuntamiento, el de Pozo Alcón, y un maestro, don Manuel Quiñones Moreno, a quien adeuda este Ayuntamiento por aquellas atenciones la considerable suma de trece mil y pico de pesetas (…). Y hay que extinguir el débito con tiempo para que este cultísimo profesor, que consagró sus alientos juveniles a servir a la cultura, que educó a una generación que ha tenido y tiene hombres de inteligencia y de saber, vea en su ancianidad, entristecida por un padecimiento mortificante, que su patria le paga los servicios que a la educación y a la cultura prestara celoso”.

Se refiere a la generación de poceños como Monge Avellaneda, Segura Soriano, el catedrático Valero y otros. El artículo finaliza con una Nota de la Redacción en la que se dice: “El presente artículo se recibió para su publicación en “El Eco de la Provincia”. Desaparecido dicho periódico, sin tiempo para complacer al articulista, lo publicamos hoy en “El Porvenir”. En este interregno, ha fallecido el anciano y prestigioso maestro señor Quiñones, a quien se nombra en estas líneas”.

El encuentro con el Padre Manjón en el año 1917, en las Escuelas del Ave María de Granada, marcó aún más su fervorosa religiosidad en la vertiente más social del catolicismo de la época. Y también le impresionó poderosamente el método de estudios de las Escuelas del Padre Manjón. En un artículo escrito el 18/08/1917, escribe: “Veo cómo un sistema pedagógico, sencillo y libre, natural y sabio a la vez, teniendo en cuenta la importancia del aire libre, a la luz del sol, entre el perfume de las flores, bajo la sombra de los árboles y emparrados, hace que todos los niños estén llenos de salud y alegría (…). Entramos en los edificios de la colonia. Antes hemos cruzado por delante de un gran salón donde muchos alumnos recogen las enseñanzas que un profesor les explica. Son los futuros maestros, que en la lobreguez de algún edificio escolar falto de luz y ventilación, viendo alineados en incómodos bancos a tristes y enfermizos chicuelos, sentirán más tarde, quizás, la nostalgia de los cármenes granadinos”. Aclaro aquí que entre esos “futuros maestros” se encontraría el que será nuestro siguiente protagonista, el maestro Francisco Hortal. Además, también veremos cómo esa escuela lúgubre que “imagina”, será exactamente igual a la que regentará su mujer, María Ubalde.

La gran obsesión de Antiñolo fue siempre las comunicaciones de Pozo Alcón, es decir, el total abandono y la falta de ellas. Gran parte de sus artículos se dedican a estos temas: la carretera de Torreperogil a Huéscar, cuyas obras se habían parado en Tíscar desde hacía muchos años; un puente sobre el río Grande, que no se construirá hasta 1938 en plena Guerra Civil; la estafeta de ahorros y el teléfono, etc. En un artículo publicado en 1925, protesta airadamente por la concesión del nombre de una calle del pueblo al marqués de Foronda, representante casi eterno en las Cortes por el distrito electoral de Cazorla, al que pertenecía Pozo Alcón, y representante del partido conservador al que pertenecía también su archienemigo Torres Quiñones. Escribe Antiñolo: “Don Manuel Torres Quiñones leyó una carta llena de promesas del marqués de Foronda(…) Nosotros pediremos se levante la estatua del Marqués de Foronda cuando el Marqués nos haga los 11 kilómetros de carretera, nos construya el puente sobre el río Grande en la que une Pozo Alcón a baños de Zújar y Baza, nos done el edificio escolar que están pidiendo a voces las necesidades de nuestro pueblo y nos reconstruya nuestra desmantelada y pobre iglesia parroquial”.

Tras la Guerra, todas estas críticas, peticiones y exigencias cesan. En primer lugar, porque dos de sus denuncias continuas se habían solucionado ya: en 1935, en la República, con la construcción del puente sobre el río Turrilla, se había solventado el problema de la carretera; y, en segundo lugar, durante la Guerra, se había construido el puente que atravesaba el río hacia Zújar. A partir de ahora, vencedores los suyos, serán los temas religiosos (de gran interés histórico para nosotros), festivos y de sucesos atmosféricos los que predominen. El articulista, que consideraba las corridas de toros como un espectáculo cruel y bárbaro, tiene que pasar a considerarlas ahora como la Fiesta Nacional.

No me detengo más en la faceta política de Antiñolo porque sus opiniones y actuaciones las veremos detalladamente cuando nos ocupemos de la situación política de Pozo Alcón y su Ayuntamiento en el primer tercio del S.XX.

Y llegamos a la concesión y nombramiento de Antiñolo como Cronista oficial de la Villa el 2 de diciembre de 1928. Fue un artículo de Juan Arroquia Herrera, Director de Correos de Quesada, publicado en el Diario “Patria” y titulado “De justicia”, el que incentivó e impulsó dicho nombramiento. Después de alabar la figura de Antiñolo y sus preocupaciones por el bien común y múltiples artículos para las mejoras de las comunicaciones, concluía Arroquia: “Manuel Antiñolo Quiñones tuvo que verse a esta hora, como todos los hombres que luchan y que piensan. Y, en tal sentido, se ha marcado una deuda. Las clases populares, los humildes trabajadores de los campos, los pequeños laboriosos de la Villa, le deben homenaje de gratitud y de hermandad. Porque triunfaron todos. Pozo Alcón se mantuvo prendido a la provincia de Jaén. Y fue un paladín, su heroísmo como constante partidario quien echaba en el fuego la leña de los dioses”.

Con creces mereciera ese título oficial de CRONISTA que me atrevo a proponer y que vosotros, unidos, sabéis trasladar a ese ilustre Ayuntamiento”.

Lo que no consiguieron ni amigos, ni autoridades es que aceptase ningún honor ni acto de entrega, ni pergamino, ni banquete al homenajeado. Casi un artículo aparte merecería los tiras y aflojas para zafarse de las presiones.

Decíamos, al principio, que Antiñolo era además poeta, un poeta desigual. Escribió también un libro de “Leyendas de Pozo Alcón”, que publicó en la revista “Paisaje” en 1945. También, en 1966, publicó un librito de poemas que lleva por título “Reflejos (versos)”, cuyos beneficios había donado “a la Parroquia para las obras de reconstrucción de su templo”. El libro no recoge, ni mucho menos, los mejores poemas de Antiñolo; por destacar alguno, éste sería el titulado “El crimen”, en que describe, a través de los cambios en la naturaleza, la matanza de la Asomaílla en el Guadalentín. En general, su poesía podemos agruparla en poemas satíricos de carácter político, poemas patrióticos, elegías, poemas de ocasión, poesía religiosa y otros poemas más personales. Como poeta satírico, antes de la Guerra, además de la crítica irónica, nos da a conocer mucho del ambiente político y de los líderes de la época. En su poesía más lírica por personal, se nos muestra melancólico, desengañado con la vida, obsesionado con la muerte, como si una oscura herida atormentara su espíritu. Por ejemplo, y ya para finalizar esta semblanza, transcribo el primer cuarteto de un soneto de 1912, es decir, con 23 años, y que lleva por título “Vencido”: “Soy un vencido sin luchar siquiera;/mi juventud, esclava del destino, se atascó cuando andar quiso el camino/y de entonces se encuentra prisionera”.

Y en 1934, el 10 de febrero, tiempos también de la República, Antiñolo se casó con la maestra María Ubalde. Él tenía 46 años y ella, 40. El matrimonio tardío, pues ninguno se había casado antes, sirvió de refugio a la soledad de ambos.



María Ubalde Gil nació en Ascó (Tarragona) el 25 de marzo de 1894. Fue maestra en Fuerte del Rey y Noalejo hasta 1924 en que llegó a Pozo Alcón, a la Escuela de Niñas nº 2. Y antes de continuar con su vida, nos detendremos en analizar cómo era la Escuela, según figura en el “Libro personal de visitas” de la Inspección de Jaén. La Escuela, en la calle Pósito, cuya fachada daba al norte, era un local de 9´58m. de largo, 4´53 de ancho y 2´90 de alto. Su iluminación y ventilación se califican de insuficientes. No había ningún patio de recreo ni lavabos, solamente un retrete. En cuanto a la casa-habitación de la maestra, también propiedad del Ayuntamiento, no estaba separada de la Escuela, por lo que se propone, como medida de mejora, “poner una puerta” y en el local-Escuela “agrandar ventanas y revestir de cemento las paredes”. El material de libros se califica como insuficiente y el “científico” se reduce a “globo terráqueo, mapas de España y provincia de Jaén”. El número de niñas total era de 87, aunque en la práctica rondaban las 60, con una media anual de asistencia de 45 niñas. En el momento de la visita del inspector, en el año 1924, estaban presentes 58, en edades comprendidas entre los 8 y los 14 años. El absentismo, sobre todo en las mayores, se achaca a las “ocupaciones agrícolas y domésticas”. Como hemos visto, la Escuela era muy parecida a aquella que en 1917 anunciaba Antiñolo a los futuros maestros. En visitas posteriores, e incluso ya en el franquismo, sorprende ver que en todas ellas se afirme que el apoyo que la maestra ha encontrado para el desempeño de su cargo por autoridades y vecinos de la localidad, haya sido “ninguno”.

María Ubalde fue la primera mujer en ejercer un cargo público en Pozo Alcón, en concreto fue nombrada como Regidora de Prensa y Propaganda. Y así, el 18 de julio de 1939, fue la encargada de pronunciar el discurso desde el balcón del Ayuntamiento. Entre las inevitables loas a la Falange, al Movimiento y a Franco, llama la atención cuando el corresponsal (Antiñolo) escribe: “…refiriéndose luego, en una excitación sentimental y religiosa, a la Cruz de los Caídos que Pozo Alcón había levantado ya…

El 15 de junio de 1958 se le impuso la Cruz de Alfonso X el Sabio, en un acto que se celebró “en el amplio salón de espectáculos del Cine Triunfal” y que fue presidido por el alcalde Adolfo Segura Salazar. María Ubalde, en su breve discurso de gratitud, y cito textualmente: “…y expuso el contraste de los tiempos de sectarismo y persecución del frente popular (sic) con los de la política cristianamente social y patriótica del Movimiento Nacional, triunfante con el Generalísimo Franco” (advierta el lector el uso deliberado de mayúsculas y minúsculas).

Y, para terminar con esta breve reseña de María Ubalde Gil, sólo me queda recordar que fue ella y la mujer del secretario del Ayuntamiento, la señora Escuín, quienes introdujeron el culto a la Virgen del Pilar en Pozo Alcón. La Guardia Civil local recibió con gran alegría esta advocación mariana.

Como hemos visto, el matrimonio formado por Manuel Antiñolo y María Ubalde podrían simbolizar, de alguna manera, la vida y el espíritu de la España vencedora. En el siguiente artículo, veremos la vida y las vicisitudes tras la derrota de otra pareja, la formada por Francisco Hortal y Ángeles Hinojosa.

José Manuel Leal

6 comentario en “Pozo Alcón: La historia y sus gentes VII, por José Manuel Leal

  1. Me ha gustado mucho saber más de estos dos maestros.Fueron los maestros de mi madre y de mi padre y solo los conocía por anécdotas, aún nos cuentan cosas.
    Y ver la foto y ponerles cara me ha encantado

  2. Un placer poder participar de un pedacito de historia local de manos de un maestro de la historia y la literatura como Jose Manuel.

    Esperamos ansiosos nuevos episodios de esta, nuestra historia.

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