28 de octubre de 2021

Pozo Alcón: La historia y sus gentes, X, por José Manuel Leal

EL BAÚL DE LOS SUCESOS.“El crimen de las Merguizas”

Otro terrible crimen, en este caso doble, ocurrió en 1903, diez años después de que muriera Martín, en 1894, y que ha dado lugar a la confusión en la memoria colectiva y posterior identificación de su auténtico autor con nuestro anterior protagonista. Pero el caso es otro. Se trata del asesinato de una madre y de una hija, apodadas las “Merguizas” (o más bien las “Melguizas”), ocurrido el 19 de marzo de aquel año. Ese día fueron asesinadas Francisca Gámez, viuda de 55 años, y su hija Cándida García, casada, de 19 años y embarazada, a manos de Valentín Moreno, todos ellos vecinos de Pozo Alcón.

La identificación de Martín García y Valentín Moreno como la misma persona, recogida en la “Historia ilustrada de Pozo Alcón”, de Manuel Moreno, procede en última instancia de un relato titulado “La Fresnedilla, 1880”, que a su vez forma parte del libro “Narraciones de caza mayor en Cazorla. Relatos…”, de Juan Luis González Ripoll. Su protagonista, el tío Alejo, nació en 1890 y fue guarda de la Sierra. En el relato referido, de manera oral, cuando contaba unos 80 años, el tío Alejo recuerda una visita de “Martín” (en realidad Valentín) a su casa en la Sierra. A continuación, nos detendremos en este relato tan interesante sobre la figura del verdadero Valentín porque las fechas que señala indican de dónde procede la confusión entre ambos personajes, si no fueran suficientes los datos que aparecen en las noticias periodísticas.

El verdadero Valentín. Dibujo de M. Bartolomé del libro «Historia Ilustrada de Pozo Alcón»

Recuerda el tío Alejo: “A nuestra casa venían muy a menudo los guardas y guardias civiles y los ingenieros (…). Algunas veces también llegaban a nuestra puerta los desertores. Recuerdo de uno que le decían Martín, que era de Pozo Alcón, que estaba desertado en la sierra por tres muertes que hizo en su pueblo antes de echarse al monte, y llevaba un trabuco que, sin ponderar, tenía un buche como el ruedo de un tornajo mediano. Daba miedo ver a aquel hombre. Hasta los perros enmudecían al verle (…). Iba vestido como un pastor, con unos pellos de oveja negra y una anguarina blanca, calzaba unas altimparas de cabra y en la cabeza llevaba un sombrero calañés muy viejo, de un color violeta deslucido, y viéndole andar parecía llevar un aire cansino, pero cada tranco que daba era el doble de largo que el de otro hombre cualquiera, de manera que hacía una legua cuando otro hombre no había andado media y, si era necesario, era capaz de andar desde el alba a la noche sin detenerse.

Como llevaba tres muertes en la conciencia, los civiles y los “rondines” (los carabineros) le tenían mucho interés; pero, en verdad, procuraban no toparse con él y si sabían que estaba en un sitio, se cuidaban muy bien de irse por otro. Y él lo sabía y sabía también que su muerte solamente podía estar por los caminos y los evitaba, de modo que iba siempre por fuera de camino y la sierra es muy alcahueta y le encubrían. Le llamaban el Rejo, por mal nombre, pero él no consentía a nadie que se lo dijera”. Después el tío Alejo continúa contando la anécdota de aquel peguero que tuvo que comerse un montón de peonías por haberle llamado Rejo.

Y es ahora cuando llegamos a la parte más interesante del texto para nuestras intenciones: “Me acuerdo que una vez, siendo yo un zagal, que no tendría más de ocho o nueve años, y esto debió ser en los últimos del siglo pasado (se refiere al S.XIX), el 97 o 98, se presentó Martín en nuestra casa de La Fresnedilla”. A partir de aquí, el tío Alejo se detiene en la impresión y el miedo que les produjo a él, a su madre y a sus tres hermanos, porque su padre estaba fuera y recuerda también el ingenio que tuvo su hermana, ya mocica, para deshacerse del desertor inventándose que el padre le había dicho que avisara a la madre de que subiría por la noche a cenar con la guardia civil. Y termina diciendo: “Esa fue la única vez que yo vi a Martín en mi vida, aunque oí hablar muchas veces de que había estado en los hatos de mi padre y de sus fechorías por la sierra. Pero yo tengo para mí que, pese a todo, no era tan mal hombre como decían”.

(Invito al lector curioso a que compare esta descripción de Valentín con la que el juez de Úbeda hacía de Martín). 

Vamos a analizar estos recuerdos. Efectivamente, el tío Alejo tendría unos 80 años cuando rememoró estos hechos y, aunque su memoria era prodigiosa según decían los amigos, es lógico que hubiera algunas lagunas en ella. Cuando el tío Alejo cuenta que tendría unos 8 o 9 años y debió ser en el 97 o 98 del S.XIX, esto no puede ser por dos motivos evidentes: el primero, porque el cadáver del verdadero Martín apareció en enero de 1894, por lo que el tío Alejo no podría tener más allá de 3 años y es difícil que con esa edad tuviera tan vívidos recuerdos. Otra cosa es que hubiera sido más tarde, con unos 14 años, es decir, después de 1903, fecha del crimen de las “Merguizas”; el segundo motivo es que el supuesto Martín había matado a tres personas en Pozo Alcón (madre e hija embarazada) y este horrible crimen quien lo cometió fue Valentín Moreno.

Habría varios motivos que explicaría esta confusión: en primer lugar, por la similitud fónica de ambos nombres; en segundo lugar, porque ambos fueron famosos bandidos de Pozo Alcón; en tercer lugar, la relativa cercanía de fechas, con una diferencia de 10 años entre ambas historias; y, por último, tendríamos que añadir que, sin duda, el tío Alejo también habría oído contar a su padre o a otros pastores historias sobre Martín. 

Las únicas noticias ciertas que tenemos de este horrible crimen y de su autor proceden de la prensa de la época y, lógicamente también, del relato anterior cambiando los nombres. “El Noticiero salmantino”, 24/03/1903, informa: “Dicen de Jaén que se ha cometido un monstruoso crimen en Pozo Alcón. Un sujeto llamado Valentín Moreno asesinó a dos mujeres, madre e hija, una de ellas embarazada, matándolas a fuerza de hachazos. Las víctimas estaban horriblemente mutiladas”.

Valentín se acerca a las «Merguizas».Del dibujante y libro citados.

Y días después, el 30 de marzo de aquel mismo año, en “El Diario Universal”, nuestro paisano Monge Avellaneda informaba: “Valentín Moreno, autor del salvaje asesinato cometido en Pozo Alcón, se ha unido, según noticias recibidas hoy, a una partida de bandidos que viene aterrorizando aquella parte de la provincia”.

Las causas de este atroz asesinato aparecen en el libro de Manuel Moreno. Al parecer, la madre tenía una tienda de alimentos y un día acusaron a la mujer de Valentín de haberle robado repetidas veces, y la echaron de la tienda. Entonces, preso de la rabia y del deseo de venganza, aprovechando que madre e hija estaban lavando la ropa en el lugar conocido como El Ojo de las Casas Viejas, junto al puente de hierro, con una navaja de grandes dimensiones o u hacha, allí mismo, las asesinó. Parece que la joven Cándida estaba embarazada, aunque en el registro del cementerio no se dice nada. Ahora bien, lo que sí parece es o que la hija pudo quedar malherida sobreviviendo unas horas más que la madre o bien que, efectivamente, hubieran tratado de salvar al bebé. La madre fue enterrada el mismo día 19 y la hija, al día siguiente.

Tenemos la suerte de conservar la diligencia de apertura y registros del nuevo cementerio, inaugurado en enero de 1903. En él encontramos (Pág. 6) los nombres de Francisca Gámez Leiva, de la que se especifica que fue enterrada por oficio judicial, y la causa: “muerta a mano airada”. En la misma página, al día siguiente, se entierra a Cándida García Gámez, especificándose también como causa la “muerte violenta”. Estas son las “Merguizas”.

Registro del cementerio de 1.903

Hasta aquí los hechos demostrables. En cuanto a Valentín, según Manuel Moreno en la obra citada, tomando ya rasgos legendarios, de vez en cuando bajaba de la sierra al pueblo por la noche para visitar a su mujer hasta que ésta quedó embarazada y, ante el riesgo que corrían, decidieron huir juntos a otras tierras. Después vino la posible identificación de Valentín con Martín y la idealización del criminal, que casi llega a convertirse en un héroe o, al menos, en una víctima. Y, aunque no fuera “tan mal hombre como decían”, ciertamente que fue un criminal muy violento y que tenía aterrorizada, al igual que Martín, a toda la comarca.

José Manuel Leal

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