22 de agosto de 2026

PREGON DE LA FERIA Y FIESTAS DE POZO ALCÓN 2007

Autor: José Cuerva Moreno.(texto íntegro)
Muchas gracias alcadesa. Queridos poceños, familiares, amigos. Buenas noches a todos los que estáis aquí reunidos, con muchas ganas de disfrutar de la Feria y Fiestas de Pozo Alcón.
En primer lugar, quiero expresar mi agradecimiento al Ayuntamiento y a su alcaldesa: D.ª Pilar Salazar Vela, por haber pensado en mí, un poceño más, que se siente orgulloso de serlo, para otorgarme el honor de oficiar hoy, en esta noche tan especial, de pregonero en la inauguración de la Feria y Fiestas del año 2007.
Mi satisfacción por estar aquí, con todos vosotros, es doble. Primero, por lo que supone de reencuentro con mi pueblo, con mis familiares y amigos. Y segundo, porque comparto con mis hijos Lucas y Guillermo, responsables en parte de que este hoy aquí en este balcón, las fiestas del pueblo de su abuelita. Este es el segundo año que vienen a la feria, porque cuando la descubrieron el año pasado me dijeron: papá “Qué bien no lo hemos pasado en las fiestas”. ¡A partir de ahora no pensamos faltar ningún año!
Cuando atravesaba por enésima vez el desfiladero de Despeñaperros, y avistaba el gigantesco mar de olivos, que ordenados simétricamente, me anunciaban que estaba llegando a mi tierra, muchos recuerdos se agolparon de repente en mi cabeza. Recuerdos de mi infancia y de mi juventud.
Y es que a veces la memoria nos juega malas pasadas y cuando intentas recuperar los recuerdos que están almacenados, conectados y enlazados y tiras del hilo para sacarlos a la luz, algunos se enredan, se caen y se olvidan.
Cuando pasaba cerca de Baeza, me vinieron a la memoria, los versos de Antonio Machado:
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
Y un huerto claro donde madura el limonero;
Mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
Mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Y hoy, algunos de los míos, relativos a mi historia y a mi tierra, quiero compartirlos con vosotros en este inicio de las fiestas. Los recuerdos de mi infancia son los de mi casa en la calle Santa Ana, donde nací; mis juegos en este paseo, donde ahora nos encontramos, y donde pasé muchas tardes patinando, con un par de patines que me regaló mi abuela Carmen, a la vuelta de un viaje a Argentina, donde muchos poceños, al igual que mi tío Juanito, emigraron con mejor o peor fortuna.
Estos espacios, la calle Santa Ana y el paseo. Mis estancias en “El Cortijo del Pino”, de mis abuelos “mama ia” y “papa quisco”, con mis tíos y mis primos. Y los olores, el olor a pan recién sacado del horno y el olor del aceite de oliva; forman parte para siempre del universo donde transcurrió mi infancia.
Todos los niños de entonces esperábamos las fiestas con la ilusión renovada. Cuando al final del verano aparecían los feriantes con sus camiones, montando casetas, carruseles, voladoras y cunas; todos corríamos emocionados para asistir al montaje de los cacharros. Eran los días previos a la feria, que se iniciaba con los Gigantes y Cabezudos, y teníamos la misma mirada de asombro y expectación que tienen los niños hoy día.
Vivíamos la feria con alegría, con emoción, disfrutándola de la mañana a la noche. Embobados frente a las casetas de turrón, de tiro al blanco y subiéndonos una y otra vez, en el carrusel, las voladoras y las cunas “del tio Frasco”, una mini Noria, que se movía con la fuerza de sus manos.

Mi primera partida del pueblo fue en el verano del 67, cuando tuve que ir a Quesada a examinarme de ingreso y primero del bachillerato de entonces. Todavía recuerdo aquel viaje en el Seat 1500 de mi tío Virgilio, las curvas del puerto de Tíscar, el mareo causado por intentar repasar por última vez las lecciones y la cara de los profesores del Instituto de Baeza que nos examinaron.
Joseph Conrad lo expresa muy bien cuando escribe:
“La Recalada y la Partida marcan el rítmico vaivén de la vida del marino y de la carrera de un barco. De tierra a tierra es la más concisa definición del destino de un navío en este mundo.”
Del mismo modo, mi relación con el pueblo, al igual que para muchos de vosotros, esta llena de partidas y recaladas. Partidas, porque desde muy pequeños teníamos que salir a estudiar o a trabajar fuera y las recaladas en el verano y su culminación: la feria.
Tengo que dedicar un recuerdo emocionado a mis maestros de entonces, especialmente a D. Ramón, D. Joaquín y D. Serafín, que pensaron que podríamos seguir estudiando después de la escuela primaria, en un pueblo que por aquel entonces no contaba con un Instituto de Enseñanza Secundaria, y que para estudiar era necesario salir fuera, a Cazorla, a Ubeda, a Baza o a Baeza. Ellos confiaron en nuestras posibilidades e hicieron suyo el aforismo de Jorge Wagensberg: “Educar no es llenar sino encender” y crearon la academia “Magíster”, en la calle del Perchel, donde encendieron, en muchos de nosotros, la llama del conocimiento y el afán de saber y aprender.
No se me olvidará nunca la cara de D. Ramón Torrecillas, mordiéndose la lengua, cuando alguno de nosotros, duros de mollera, no entendíamos un problema de matemáticas. Gracias a estos maestros del Pozo y a todos los maestros, porque han sido y son, los pilares fundamentales de la educación.
A partir de entonces, las partidas y las recaladas marcaron mi relación con mi pueblo, primero en Baeza, donde finalicé el bachillerato y, más tarde, en la Universidad de Granada. Las recaladas en los veranos eran tiempo de descanso y diversión, pero también de trabajo, ayudando a mi padre en la panadería y en la recolección del trigo en las eras del pueblo, para cambiarlo por pan para el año siguiente. Entonces vivía la feria intensamente, visitando las casetas de pinchitos por la mañana, para llevarles el pan y, por la noche, sin apenas descanso, y después de bailar en la verbena al ritmo de “Los Terribles”, amasaba el pan para el día siguiente.
El pantano y el Parque Natural son también una referencia obligada para todos nosotros. Este año se cumple el cuarenta aniversario de la inauguración del pantano de “La Bolera”, que empezó a embalsar agua el 1 de marzo de 1967, y que ha sido y sigue siendo, nuestro bien más preciado. Para los agricultores, por lo que supuso de despegue económico, gracias a la posibilidad de regar más hectáreas de Olivos. Y para todos, porque la bolera y su entorno, han supuesto un lugar de esparcimiento y evasión.
El verano de 1976 un grupo de amigos planificamos nuestra primera excursión a la sierra del Pozo. Con un equipo más que deficiente: una tienda de campaña de plástico y sin doble techo, a la que pusimos de nombre “Antonia”, unas antiguas mochilas del ejército, compradas en la calle Elvira de Granada; con mantas de arriero en vez de buenos sacos de dormir y botellas de la casera llenas de agua como cantimploras, iniciamos aquel verano del 76, seco y caluroso, nuestra excursión.
Cargados con los 30 Kg. de nuestras mochilas, cuyas cinchas se clavaban en nuestros hombros, marchamos por el arroyo Guazalamanco con el ánimo de alcanzar “Cabañas”. No sé, si fue nuestra inexperiencia, el calor o que nos sentíamos perdidos, la razón por la que aquella noche, acampados en un camino pedregoso de la “Cañá de las Varas”, sin haber avistado el pico de Cabañas, decidimos volver al pantano.
Este pequeño y maravilloso fracaso fue el preludio de una tradición que todavía se conserva. Desde hace más de 30 años, un grupo de amigos, realiza cada año la excursión a la sierra en Semana Santa.
He sacado a colación este episodio por dos razones. Primero, para hacer un homenaje, a TODOS los amigos de mi generación del 57 que me han ayudado a crecer emocional y personalmente. Afortunadamente, algunos de ellos han fondeado definitivamente en el pueblo y son el ancla que nos liga al Pozo. Y segundo, porque esta excursión es una de las formas de vivir y disfrutar del Parque Natural que rodea nuestro pueblo, pero no es la única. Un baño en el pantano, una tarde en la “Peña Quesada”, un paseo por el Guazalamanco o una subida a “la Fuente del Artesón” nos permiten también disfrutar de estos maravillosos parajes, mientras captamos con nuestra cámara de fotos, imágenes de los espacios naturales de esta tierra. Y la luz, esa luz que tanto echan de menos los poceños que por alguna u otra razón viven fuera. Una luz, dura, luminosa, brillante y cegadora por la mañana, que se convierte en una luz relajante y sosegada por la tarde, cuando ilumina el embalse, los arroyos, los valles y los picos de nuestra sierra del Pozo.

Pozo Alcón ha sido siempre un pueblo de emigrantes, y en todas partes donde han ido, se les ha reconocido su capacidad de trabajo y su honradez. Pero al contrario que en otros pueblos de Castilla, donde ya solo viven cuatro abuelos, los poceños siempre han vuelto al pueblo y con el dinero ahorrado han construido su casa, a veces por etapas, donde finalmente se han instalado montando algún negocio. Este carácter emprendedor ha sido premiado por el Ayuntamiento durante estos últimos ocho años. Porque un pueblo es la suma de sus habitantes y de sus tradiciones, que perviven cuando se transmiten y se mantienen vivas. Y nuestro pueblo, gracias a las partidas y las recaladas de sus vecinos, se renueva con nuevos proyectos, nuevas iniciativas y nuevas ideas, a la par que se mantiene su esencia.
Hay muchas cosas que han cambiado en nuestro pueblo en estos últimos años, y otras muchas, que se conservan y permanecen. La feria ha cambiado su propósito, de ser la fiesta que celebraba el final de las tareas agrícolas del verano, a tener un carácter lúdico y festivo y ser un lugar de encuentro de todos los que vuelven ilusionados, para compartir unos días con amigos y familiares. Lo que no ha cambiado, es la necesidad psicológica que tenemos todos los que vivimos fuera, de volver al pueblo a cargar las pilas, a llenarnos del aire y la luz de la sierra durante el verano y su culminación: la Feria.
Pero aunque existan proyectos nuevos también es necesario conservar, no sólo las tradiciones, como es nuestra feria, sino nuestra identidad cultural. Las casas antiguas del pueblo, que puedo ver desde aquí, y que forman parte de nuestra historia. Nuestra cocina, desde el sencillo pan con aceite a los maimones pasando por las migas, las gachas y los tallarines. Porque la gastronomía también forma parte de nuestro acervo cultural. Y como no, nuestro maravilloso entorno natural, que tanto nos enseña, para que podamos legarlo a las generaciones futuras, y puedan seguir disfrutándolo, con el mismo cariño y entusiasmo que nosotros.
Está en mi mente, y seguro que también en la de muchos de vosotros, el deseo y la esperanza de recalar definitivamente en esta maravillosa ensenada, que es nuestro pueblo, donde como buenos marineros en tierra, podamos largar nuestra ancla.
Ya no os canso más porque es el tiempo de convidarnos y de disfrutar juntos de nuestra fiesta.
FELICES FIESTAS A TODOS¡¡¡
VIVA POZO ALCÓN¡¡¡
VIVA SANTA ANA¡¡¡

3 comentario en “

  1. És un buén PREGÓN. Brillante, politicamente correcto, optimista y de dulce nostalgia. ¡ como debe ser !.
    Muy bién, Pepe.
    Aparte de lidiar con las Isotermas, Adiabaticas, Isocoras, Isobaras y entropias, tienes buena prosa.

  2. Muy buen pregón Pepe, me he emocionado al oirte y despues al leerlo, yo soy de los muchos que por necesidad me llevaron fuera del Pozo a los 8 años, ahora tengo 62 y desde la mayoria de edad vuelvo cada año a ese mi pueblo y no descarto la idea de fijar definitivamente mi residencia en el.
    Muchas gracias por la emoción que me has causado y un abrazo.

  3. Yo también me identifico con Pepe, como muchos otros, aunque algo más joven (1970), tenemos una historia y sobre todo un horizonte comunes.

    Enhorabuena a todos los poceños por ser paisanos de gente como Pepe.

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