26 de julio de 2021

Pozo Alcón: La historia y sus gentes, XIV, por José Manuel Leal

QUIÉNES FUERON…

En esta sección, como ya vimos en su día, nos ocuparemos de aquellas personas que, por los actos de su vida u otras circunstancias, han destacado en la vida local y fuera de ella.

Hay hombres y hay mujeres que, ya desde niños, muestran unas cualidades naturales y una fuerza de voluntad tal que se convierten en claros ejemplos de emulación: es éste el caso de Antonio Valero, como lo fue también el de Francisco Hortal. Suelen ser personas que, superando todos los condicionamientos socioeconómicos adversos, logran conseguir sus objetivos vitales y triunfar en su ámbito profesional. Suelen ser, además, buenas personas que despiertan la admiración en los espíritus limpios, claros y cultivados. El hándicap de la pobreza es superado con el esfuerzo individual y el apoyo de otros que ponen su confianza en ellos. Así nos presenta a este poceño, en 1924, el cronista oficial de Jaén, Alfredo Cazabán Laguna: “Alejado del mundanal ruido, pero no de la vida descansada, hay en Alicante un hombre cuyo talento corre parejo con la modestia de su sencillo vivir. Y ese hombre, que en cumbres de la representación académica y de la representación social, podía lucir un día y otro las banderas que conquistó gloriosamente en una larga lucha trabajadora, gusta sólo del silencio de su hogar, de la paz de su laboratorio y de la serena obra de su cátedra (…). Hay en la historia de todos los hombres páginas de lucha por la existencia, más o menos heroicas, pero siempre merecedoras de respeto por el valor moral que representan; y hay otras tan constantes y en su constancia tan hermosas por los grandes triunfos de la voluntad que ellas son admirables por su mérito, ejemplares por sus glorias. En este segundo caso hállase la vida del señor Valero García”.

Las primeras noticias biográficas de Antonio Valero proceden de un artículo publicado por Alfredo Cazabán en la revista “Don Lope de Sosa”, en 1924, en la sección de “Jaeneses ilustres”, del que tomaremos algunos datos. La segunda fuente para conocer a Valero es su libro “Curiosidades científicas”, publicado póstumamente en 1935 por su viuda, María de la Concepción Linaje, en el que se recogen distintos artículos del catedrático Valero desde 1927 a 1930. Por la primera fuente, conocemos detalles de su niñez e infancia en Pozo Alcón, sus brillantes estudios y carrera profesional, el amor a su pueblo y otros detalles de su personalidad. Por la segunda, conocemos al científico, al divulgador, al hombre culto y cosmopolita que viaja frecuentemente a París.

Antonio Valero García nació en Pozo Alcón en 1869 y murió en Alicante en 1933. Siendo muy niño, y por motivos que desconozco, la pobreza cayó en su hogar y, desde entonces, el pequeño Antonio empezó una lucha por adquirir una posición y un nombre en la vida. En la escuela, fueron sus maestros Manuel Quiñones –aquel maestro de maestros al que el Ayuntamiento nunca pagaba- y otro maestro, Manuel Antiñolo, a quien no hay que confundir con Manuel Antiñolo Quiñones, ayudante de farmacia y cronista oficial de la Villa. Recoge la crónica de su vida que también el párroco, Hipólito de la Gándara, puso su confianza “en aquel muchacho de clara inteligencia y aplicación asombrosa”. Es el caso que su padre lo envió a Madrid a casa de un amigo, tan pobre como ellos, sin ningún plan concreto, solamente con la confianza en aquel chicuelo de tan sólo 11 años. Y aquí empezó el cambio fundamental en la vida de Antonio; del pueblerino vivir sin apenas noticias del exterior, a la gran capital y al Instituto del Cardenal Cisneros, uno de los más prestigiosos de Madrid, donde entró en 1880. En los primeros cursos del Bachillerato fue el número 1 en clase y ganó las matrículas de honor y la pensión máxima que ascendía a 750 pesetas, y así hasta obtener el Premio Extraordinario en la Reválida. Finalizados los estudios medios, cursó en la Universidad Central la carrera de Ciencias Físico-Químicas, y pasó por la Licenciatura y llegó al Doctorado con los mismos méritos académicos. Además, enseñaba a sus compañeros y trabajaba en el laboratorio, lo que mereció el aplauso y reconocimiento general de profesores y alumnos. Una vez finalizados los estudios universitarios, A. Valero preparó las oposiciones a cátedra de Física y Química de Segunda Enseñanza, que ganó en el primer intento cuando contaba con 27 años, es decir, en 1896. A partir de entonces, fue profesor en Reus, Cuenca, Cádiz, Guadalajara y, por fin, en Alicante donde se aposentó definitivamente en 1908.

Valero siempre alternó su labor académica con otras actividades culturales y sociales: conferencias y artículos científicos; vocal de la Junta Provincial de Sanidad de Cádiz y Guadalajara; socio del Ateneo Científico-literario de la Universidad de Barcelona; e incluso fue concejal del Ayuntamiento de Alicante, en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, en la legislatura 1923-1924, nombrado en su condición de Director del instituto de la ciudad;  y, aunque no figura pertenecer a ningún partido, su ideología es claramente conservadora, pero moderna.

Como ya hemos señalado, fue Director del instituto de Alicante, a partir de 1923, y también Director del Observatorio Meteorológico de esa ciudad. Y, además de científico, Valero tenía una significativa vocación literaria, un hombre de ciencias y de letras. Alternaba el estudio con la enseñanza (“estudiar con placer y enseñar con alegría”); los artículos científicos, con las conferencias en actos culturales; o la publicación de obras, entre ellas un libro de Química, editado en 1897, con el título de “Elementos de Química General y Descriptiva” con destino a la Segunda Enseñanza. En el informe el Consejo de Instrucción Pública se dice del libro que “es una obra didáctica elemental que reúne excelentes condiciones y debe servirle de positivo mérito en su carrera”.

La otra obra de Valero que, como ya sabemos, fue publicada póstumamente en 1935, es “Curiosidades científicas”.

“Curiosidades científicas” es un libro en el que se recogen distintos artículos de divulgación científica, que Valero había publicado anteriormente en una revista de Alicante. Algunos de ellos están escritos desde París y se ocupa de muchos de los temas que eran de actualidad en el primer tercio del S.XX: el sistema solar y los planetas, el átomo, el radio, la aviación, el cero absoluto, los fenómenos atmosféricos, los avances de la ciencia, etc. Todos ellos escritos con rigor científico, mezclados con anécdotas personales y observaciones cotidianas. El primero de todos, que da nombre al título del libro, es sobre “la curiosidad científica”, y en él aparecen las observaciones más personales de la obra. Señala Valero, en primer lugar, que la curiosidad humana nos es innata y destaca entre todas la del niño y la del sabio; a continuación, distingue entre la malsana curiosidad por los sucesos groseros y la curiosidad científica. Después de analizar con ejemplos estos dos tipos de curiosidades, concluye con que todo esto explica que los hechos de la ciencia, la ciencia misma y los nombres de los sabios queden en tantos casos reducidos a un círculo pequeño de especialistas. Y la razón es obvia: “Los tiempos modernos van buscando la civilización práctica. Palabra ya tan repetida que va resultando abusiva y antipática. Buscamos ciencia práctica, vida práctica e incluso queremos que sean prácticas la religión y la moral. Hasta la cultura, si no es práctica, ya no es cultura.Bueno y necesario que miremos lo práctico; pero bueno también que el saber, las idealidades, sean hermosos y generosos motivos de curiosidad”.

También me gustaría resaltar otro artículo de 1929, titulado “Dinámica del tiempo”, en el que trata de los vertiginosos cambios mecánicos y nuevos inventos de aquella época. Incluso Valero, adelantándose a las actuales formas de comunicación interpersonal y redes sociales, escribe que “con la radiotelefonía y la televisión podrán unos amigos, en el día de mañana, verse y hablarse aunque estén separados por miles de kilómetros”. Y la idea final del artículo la ofrezco a continuación en sus mismas palabras:  

Antonio Valero era conocido en el pueblo como “el Catedrático Valero” e incluso “el Sabio Valero”. En 1921, el Ayuntamiento de Pozo Alcón lo nombró hijo predilecto del pueblo y le dedicó una calle con su nombre. De esta forma lo describe Alfredo Cazabán: “Sus paisanos vencieron su resistencia y le hicieron ir a su patria chica. Fue un desbordamiento de cariño y de emoción. Lo declararon hijo predilecto, le ofrecieron un pergamino artístico, dieron su nombre a una calle. Sus ojos, arrasados en lágrimas, miraban la vieja iglesia, la escuela humilde, la casa de sus padres adonde llegó la pobreza, y aquel camino que va por la amplia meseta y se hunde, luego, en los accidentados blanquizares, por el que fue a Madrid, sin más bagaje que la pobre e ingenua ilusión por lo desconocido”.

El problema con la calle es que aquella que le dedicaron era la muy antigua calle “La Venta” y así, después de la Guerra Civil volvió a recuperar su antiguo nombre. No deja de llamar la atención que dos calles dedicadas a dos catedráticos e hijos predilectos del pueblo, A. Valero y J.M.Segura, hayan desaparecido del callejero local, imponiéndose los nombres tradicionales de Calle La Venta y calle Las Parras, respectivamente.

Una placa con su nombre en el laboratorio de Física y Química del IES Guadalentín es uno de los pocos recuerdos que mantiene todavía hoy viva la memoria de tan ilustre poceño.

José Manuel Leal

2 comentario en “Pozo Alcón: La historia y sus gentes, XIV, por José Manuel Leal

  1. En mi humilde opinión creo que este pueblo debería de cambiar el nombre de esas calles con nombres de otros pueblos que ninguno de estos tienen calle alguna con el nombre de Pozo Alcon, y ponerle los nombres de estos ciudadanos destacados que mejor merecido lo tienen. Dicho esto, agradecer una vez más al señor Leal por darnos a conocer la historia de Pozo Alcon y sus gentes. Gracias

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