29 de febrero de 2024

Pozo Alcón: La Historia y sus gentes. XLIX

LA DÉCADA DE LOS AÑOS 60: UNA INGLESA EN POZO ALCÓN

Por José Manuel Leal

La década de los años 60 va a suponer el desarrollo económico de Pozo Alcón, convirtiéndose en el inicio de la modernización del pueblo, con la construcción del Pantano de La Bolera como punto de inflexión de este cambio. Por otra parte, una vez finalizada la II Guerra Mundial en 1945 y tras el triunfo de los países aliados, el franquismo se vio obligado a maquillar un poco la feroz dictadura con un sucedáneo de democracia: la llamada “democracia orgánica”. Para esto se realizaron unas elecciones municipales cuyos candidatos, todos pertenecientes al Régimen y sin la participación de ningún otro partido político, se agrupaban en los “tres tercios” reconocidos por el franquismo como esencia de la representatividad: la familia, el sindicato único y las corporaciones económicas y culturales. La prensa de Jaén, en febrero de 1949, daba la noticia de la toma de posesión del nuevo Ayuntamiento y en ella el Cronista escribía que se había constituido “con el asenso del pueblo, que ejerció acertadamente su derecho a votar”. El alcalde, designado gubernativamente, fue Adolfo Segura Salazar, quien ejerció el cargo durante más de una década. Más interesante resulta, sin embargo, la noticia de varios años después, puesto que el Régimen se mantuvo inalterado en sus leyes hasta su final, de febrero de 1958, en la que se especifica el tercio al que representan cada uno de los concejales y la total identificación de la política con la religión. La siguiente noticia nos da cuenta de todo ello:

España no dejaba de ser un país “diferente”, atrasado, exótico, primitivo y, por eso, incluso romántico para los viajeros extranjeros. Hasta prácticamente el último cuarto del siglo XX, cuando empezó a llegar el turismo masivo, los viajeros que nos visitaban eran más bien aventureros que querían conocer la idiosincrasia del país y de los lugares que visitaban. Y con este espíritu llegó a Pozo Alcón en 1961 la escritora inglesa Penélope Chetwode (Recordemos en este punto que sólo otro viajero inglés, Samuel Edward Cook, había visitado en 1831 el pueblo y cuyo relato, sin ninguna duda, conocía la escritora).                 Penélope Chetwode escribió un relato titulado “Un carbonero en el camino”, que pueden leer íntegro a continuación.

El relato se incluye en la obra titulada “Plateado Jaén (relatos de viajeros de habla inglesa. Siglos XIX y XX)”, de la que es autora María Antonia López Burgos del Barrio, y publicada por la Junta de Andalucía.

En resumen, la aventurera inglesa salió de Cuevas del Campo hacia las 4 de la tarde del lunes 13 de noviembre en dirección al Pozo, donde pasará esa tarde y todo el día siguiente, hasta el día 15 por la mañana en que partirá hacia Tíscar y Quesada. Marchó por la antigua carretera, “Por un camino completamente recto y sin gravilla en dirección a Pozo Alcón que se encuentra a unos 11 kilómetros de distancia“; en aquel camino tuvo un encuentro con un carbonero poceño que también venía de las Cuevas, incidente éste que le sirve para construir su relato. La viajera le pide que le cante algo; el carbonero le dice que lo haría por 100 pesetas y ella le dice que 10. Al final le dio una moneda de 25 pesetas “y comenzó a cantar cante jondo y de hecho lo hizo muy bien”. Como el carbonero le seguía exigiendo 100 pts. con grito amenazador, Penélope  Chetwode, a lomos de su mula la Marquesa, que le había prestado para sus viajes por España el mismísimo duque de Wellington, salió a galope hacia el Pozo con tal rapidez que en el camino perdió su pijama.  Con el espíritu romántico y aventurero que ya hemos señalado, la autora considera que este encuentro ha sido “lo más cercano a un bandolero que yo había encontrado en mi vida”.

Cuando llega a Pozo Alcón se aloja en una posada llamada “Parador del Carmen, Camas y Comidas”. “Garaje”. Todavía hoy, con aspecto ruinoso, se mantiene en pie en la Avenida del Fontanar. La impresión que le produjo la posada fue desoladora, tanto la habitación como el cuarto de baño, “especialmente humillante”, en la línea de las posadas mugrientas y sencillas que habían cambiado muy poco desde los días en que escritores románticos del S. XIX las describieron.

 Así pues, nuestra viajera llegó a Pozo Alcón un lunes por la tarde después del mercadillo. Al llevar su mula al establo, se encuentra con que allí había ovejas, varios cerdos bastante grandes, una hilera con nueve mulos, cinco burros, siete cabras, dos ponys, dos pavos blancos y muchas gallinas. Estaba claro, y ella también lo supo después, que gran parte de ese ganado se había comprado esa misma mañana en el mercado. Del tratante dueño de los nueve mulos nos dice: “Este tratante de mediana edad, uno de los hombres más atractivos que yo haya visto en mi visa, tenía un modo de hablar tan agradable y unos modales tan distinguidos, que si él cambiase su amplia camisa por una corbata blanca y un frac, destacaría por derecho propio en la más solemne de las cenas”. En la posada también conoce a otros huéspedes que allí se encontraban: un tratante de cerdos que insistía en comprarle a la Marquesa; los dueños de la posada y sus nueve hijos; un electricista que trabajaba en la presa que entonces se había empezado a construir; e incluso un ingeniero de la presa con su esposa, que habían venido de Madrid. La mujer “estuvo lamentando su sino por estar confinada en este apartado pueblo tan provinciano”. Penélope le aconseja que se compre un caballo y se dedique a explorar la sierra, lo cual no pareció agradar mucho a la madrileña.

La primera noche la pasó helada de frío en su habitación recordando continuamente su pijama perdido.  Al día siguiente, la inglesa nos describe un poco sus impresiones sobre Pozo Alcón, como la impuntualidad en el horario de la misa. También se detiene con mucho detalle en la peluquería, que se encontraba detrás de la posada (en la calle Calvario), el lavado de pelo que le hacen y todos los detalles que le cuenta la peluquera sobre su vida y su hija Natividad. A continuación, recorre el pueblo acompañada por la niña: “…y ella me llevó a todo lo largo de la calle principal de Pozo que hacia todo lo alto lleva hasta la iglesia y donde ya me había dado cuenta de que había muchas tiendas: comestibles, ferreterías, una relojería, dos farmacias, tiendas de tejidos y un mercado municipal cubierto, donde se podía comprar pescado, carne, frutas, verduras y todo tipo de ultramarinos. Fuimos a la talabartería donde colgaban magníficas muestras de sus productos de artesanía…”. Después del almuerzo, y cuando la luz de la tarde era ya apropiada para hacer fotografías, marchó caminando por las sinuosas y empinadas calles hasta la parte más alta del pueblo haciendo fotos a grupos de mujeres haciendo punto y cosiendo en las puertas de su casa. Estando por la parte alta del pueblo, se le acercó una joven y le preguntó  si el día anterior había perdido algo en el camino. La siguió hasta su casa y allí estaba el carbonero, cubierto de hollín y sonriendo de oreja a oreja mientras le alargaba el pijama. Al final, no tuvo más remedio que darle las 100 pesetas que el carbonero le pidió desde el principio por cantar.

El carbonero devuelve a Penélope el pijama perdido

Continúa deambulando por la parte alta viendo a las mujeres lavar y a los niños montar en burro con una destreza sin igual. También, la típica escena de la extranjera rodeada de una multitud de niños, a los que echa caramelos para quitárselos de encima. Y así pasó el día hasta que volvió a la posada para descansar y seguir al día siguiente su viaje a Tíscar y Quesada.  

Este relato del viaje de Penélope Chetwode -con aquel espíritu romántico con que los extranjeros en general, y los ingleses en particular, viajaban a España- nos ha acercado a una amplia y curiosa descripción del pueblo a principios de la década de los años 60.    

Sin duda que Pozo Alcón por aquellas fechas tenía una gran actividad económica. Los distintos Anuarios comerciales de la época nos hablan también de abogados, cosecheros de aceite, agentes comerciales, albañiles, alpargaterías, destilerías de alquitrán, apicultores, fábricas de aserrar maderas, automóviles de línea, bares, cacharrerías, canteras de yeso, carnicerías, carpinterías, constructores de carros, cosecheros de cereales, cinematógrafo, comadrona, tiendas de comestibles y confecciones, estancos, farmacias, fondas, ganaderos, fábrica de gaseosas, de géneros de punto, guarniciones, fábrica de harinas, molinos, herrador, herrerías, hojalatería, fábricas de jabón, comercios de loza y cristal, almacén de maderas, depósito de máquinas de coser, médicos, mercerías, comercios de muebles, panaderías, pastelerías, cosecheros de patatas, practicantes, quincallerías, sastrerías, agentes de seguros, tabernas, comercios de tejidos, veterinarios, zapaterías y corresponsales de bancos. Entre estos últimos, además del de la Caja de ahorros de Granada, establecida en 1949, aparecen ahora la Agencia del Banco Central, Hispanoamericano y Español de Crédito. El presupuesto anual del Ayuntamiento también había aumentado hasta llegar a principios de los 60 a la cantidad de aproximadamente de un millón y medio de pesetas.

Un año después de la visita de Penélope Chetwod, es nombrado alcalde, en agosto de 1962, el farmacéutico Manuel Antiñolo Quiñones, hijo de Antiñolo Leiva, que lo había sido en 1930. No hay que confundir al alcalde Manuel Antiñolo Quiñones con el Cronista MAQ, aunque compartan idéntico nombre y apellidos, y de hecho el Cronista trabajó toda su vida en la farmacia de aquellos. Manuel Antiñolo ejerció el cargo durante doce años hasta enero de 1974 cuando fue nombrado Manuel Iruela Morcillo, último alcalde del régimen franquista.

El diario Ideal de 25 de agosto de 1962 recoge la noticia del nombramiento de Antiñolo, su toma de posesión y otras circunstancias de interés:

Aquel mismo año de 1962, en febrero, habían muerto el anterior alcalde, Adolfo Segura Salazar, y el maestro, concejal y propietario por matrimonio, Antonio Díaz Carmona. La siguiente noticia breve nos informa de esto y, además, del movimiento migratorio de poceños que por entonces se estaba produciendo. 

Y efectivamente el mayor problema de Pozo Alcón seguía siendo el del riego. Ni por asomo, la previsión inicial del Canal Iturralde de 3000 litros por segundo y 8800 hectáreas de regadío se había cumplido. Además, el sistema de canales y acequias se encontraba en un estado lamentable. No sólo había que construir un pantano, el de La Bolera, sino también replantear y construir de nuevo todo el sistema de regadío, para lo que se tardarían bastantes años más. Y el incipiente movimiento migratorio de que se habla iría en aumento progresivamente. Otros factores como, por ejemplo, la alta densidad de población -que evidentemente no llegaba a los doce mil que dice la escritora- o la creación en 1960 del Coto Nacional de Caza, expulsó prácticamente de sus lugares a muchos serranos que se vieron abocados a la emigración. Mientras tanto, la vida cotidiana seguía su curso, como nos la retrata Pepe Lara, autor de los dibujos que aquí aparecen, en la siguiente escena del “Tío Cuetero”, trabajando en el antiguo cuartel de la Guardia Civil, que el Ayuntamiento le había cedido por motivos de seguridad en el uso de elementos explosivos.

 José Manuel Leal

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