24 de febrero de 2024

Pozo Alcón: La Historia y sus gentes. XXVIII

Por José Manuel Leal

EL SIGLO XX: POLÍTICA Y RELIGIÓN

Una Agria Polémica

El primer cuarto del S. XX, desde el punto de vista político, se enmarca en el Régimen de la Restauración borbónica con la Constitución de 1876. A este Régimen se oponían frontalmente, por una parte, las distintas familias carlistas de pensamiento tradicionalista, enemigos acérrimos del que consideraban un régimen liberal y sin legitimidad dinástica; y, por otra parte, las distintas corrientes republicanas. El pensamiento carlista y neocatólico se mantenía vivo en Pozo Alcón sobre todo a través del clero, con párrocos como Maurandi Sola, que lo fue hasta 1901, o Ambrosio Tamargo Fuentes;y  maestros como Agustín Tirado o Antonio Chavarino, llegados más tarde; el pensamiento republicano, nacido con la Primera República, se mantenía gracias al médico Nicolás Moreno, al farmacéutico Ángel Benavides y otros.

El Régimen de la Restauración se basaba en la alternancia en el poder de los llamados Partido Liberal y el Partido Conservador, aunque ni uno ni otro eran partidos tal y como los entendemos hoy, con una estructura orgánica más o menos fija, sino que eran más bien unas redes de intereses económicos, de poder y de influencia. La máxima expresión de este Régimen podría ser la “política de favores” del célebre político conservador granadino Natalio Rivas: es la llamada “política de los caciques”, cuyos representantes en Pozo Alcón, durante mucho tiempo, serán Manuel Bustos Quiñones, por el Partido Liberal, y Manuel Torres Quiñones, por el Partido Conservador, primos ambos para más señas. La siguiente noticia de 1905, en “El Correo Español”, nos acerca a aquella situación:

 Como podemos leer, en este momento el alcalde era M. Bustos, mientras que M. Torres ejercía de juez municipal, papeles que se alternaban según la época. La noticia es interesante, no sólo porque el robado fuera el hermano del alcalde o que también aparezca el nombre del sargento, sino porque de los dos detenidos, padre e hijo, el primero se había ahorcado en la cárcel municipal  y su entierro en el cementerio católico fue uno de los motivos de discordia entre el alcalde y el párroco Ambrosio Tamargo Fuentes.

En 1908, se produjo una agria polémica entre el alcalde liberal y el párroco tradicionalista a causa de los “impuestos de consumo”, que el primero había asignado al cura. Tamargo, que había llegado a Pozo Alcón en 1905 – y aquí murió en 1929- se había negado a pagar la cantidad establecida y, por ello, algunos de sus bienes habían sido embargados. El enfrentamiento llegó a la prensa y el diario “El Correo Español” publicó en abril y mayo varias cartas muy amplias que se cruzaron entre ambos y en las que aparecen acusaciones bastante graves. En la polémica terció a favor del párroco otro político local conservador, Santos Torres Moreno (En este punto, tengo que hacer una aclaración. Como recordarán algunos lectores, en un artículo publicado sobre una terrible tormenta ocurrida en 1888, aparece Santos Torres como párroco, lo cual es erróneo. Para hacernos una idea: Santos Torres Moreno fue el padre de Santos Torres García, ambos veterinarios, quien a su vez fue el padre de Santos Torres Antiñolo).

Pero volvamos al enfrentamiento entre cura y alcalde. El 7 de abril de 1908, A. Tamargo publicaba una carta en el periódico “El Correo Español. Diario Tradicionalista”, un medio de comunicación carlista con el que se identificaba el párroco y a cuya publicación contribuía con donaciones. En esta carta, con el titular “Tristezas de un párroco”, Tamargo denunciaba que el alcalde le había asignado una cuota muy alta en el “reparto de consumos y vecinal”; incluso llega a afirmar: “Mi dignísimo antecesor en esta parroquia (se refiere a Santiago Franzón) se vio obligado a emigrar de ella por lo exagerado de la cuota de consumos que le impuso, pues no podía valerse de otras armas para molestarle”. Y respecto a su situación, llegaba a decir que el alcalde “lo que pretende es el exterminio, sin que crea tenga razón para tratarme tan desconsideradamente, por cuanto siempre le he tratado con la amabilidad y cortesía más correcta, apartándome de las desavenencias políticas locales, convencido de que no podía adelantar nada en los esfuerzos que hiciese para aunar voluntades con este empecatado (sic) sistema liberal de que todos están contaminados”. Observamos claramente en esta última afirmación el rechazo que a Tamargole producía el Régimen de la Restauración. Y concluía el párroco: “En su afán de molestarme, hace unos días me pedía copia del arancel para hacer saber a sus gobernados sus derechos y deberes; sin mi autorización se ha sepultado en el cementerio municipal católico a dos cadáveres, uno de un suicida, lo que tengo dado conocimiento al Prelado”.

El caso es que el cura se negó a pagar y, después de varios apremios y requerimientos,  llegó el embargo. En otra carta, con el titular de “Un párroco despojado”, de 16 de abril, publicado en ese mismo periódico, Tamargo empezaba escribiendo: “El cacique ha redoblado conmigo sus furores, practicando el 3 del actual nuevo embargo o ampliación del primero (…) Ayer, a las 9 de la mañana, fueron trasladados cuantos trastos tenía a la plaza pública, y a voz de pregón fueron subastados, no habiendo nadie de mis amados feligreses, pues aseguran estar todos los espectadores acongojados, que les hiciese postura, y sólo un hermano político del alcalde, Sr. Bustos, ofreció 27 ptas., por las que se quedó con ellos”. Finaliza el párroco pidiendo ayuda al periódico y que traslade su denuncia al Partido Integrista en el Congreso, “nuestros cristianos adalides”, para que a su vez lo hicieran llegar al Gobierno a fin de “sacarme de las garras que me aprisionan y escarnecen”. Y, como hábil orador que era, Tamargo se arropa con el Evangelio, cuando ése no era evidentemente el tema: “…de lo contrario, me vería precisado a abandonar el campo, haciéndome estremecer este pensamiento por lo que me dice Jesucristo: el buen pastor dará la vida por sus ovejas”.

El alcalde, M. Bustos, respondía en el mismo periódico con un titular: “Tristezas de un Párroco” y “ Un Párroco despojado” en el que empezaba: “Tales son los títulos que el de esta Villa de Pozo Alcón, Don Ambrosio Tamargo, pone por cabeza de una serie de inexactitudes e inventivas merecedoras del desprecio si no resultasen ofensivas”. Continúa el alcalde afirmando que de los “ repartos de Consumo y vecinal”, del año 1907, el párroco fue informado. Según este reparto, le correspondía pagar 255 pesetas y el cura no había presentado, si lo consideraba injusto, ningún recurso. Y se preguntaba el alcalde: “¿Por qué no protestó y reclamó en tiempo y forma? Sencillamente por no pagar. Por la errónea creencia de que por respetos a la clase a la que pertenece, no podría llegar al extremo de embargarle y subastarle bienes de su pertenencia para hacer efectivo el descubierto”. Y continuaba el alcalde, rematando su argumentación: “…igual el seglar que el clero están en la ineludible obligación de sufragar las cargas del Estado y Municipio. […]. El párroco no paga y se le cobra con regocijo de estos vecinos que aprecian que la autoridad local administra con justicia haciendo que la ley sea igual para todos”.

Negaba también el alcalde persecución alguna: “No existen las persecuciones de que se queja, nadie pretende su exterminio, ni causarle ninguna clase de perjuicios y molestias”. Y respecto a las tasas de actos religiosos, decía: “¿Qué encuentra de pecaminoso en que se le pida el arancel para que sea conocido del vecindario? ¿si cobra lo justo, a qué ese temor de que sea conocido el arancel?”.

En cuanto a la acusación de haberse enterrado a suicidas, el alcalde se defendía: “Para concluir, es cierto que se ha enterrado en el Cementerio Católico a más de un suicida pero siempre habiendo precedido los ritos que la Iglesia tiene prescritos para los que mueren en su seno que les han sido aplicados por el Párroco que de ello se queja. ¿Si el suicida muere fuera de la comunión católica por qué cantarle y rezarle los ritos? Por caridad, no, pues al no ser de la grey católica no debe hacerlo. El interés, el demonio del interés, que con sus garras atenaza el alma de este desgraciado, le hace desvariar. Desde el punto en que a un fallecido se le hacen los sufragios mandados por la Iglesia es que está dentro de la comunión y así y solamente así es como han sido enterrados cuantos hay en el cementerio”.

Puede que el argumento del alcalde sea discutible desde el punto de vista del Derecho canónico, pero lo que sí es evidente es que, de ser ciertas sus afirmaciones, que lo son, la hipocresía era manifiesta.

Intervino finalmente en la polémica Santos Torres Moreno, veterinario de profesión, que había sido alcalde por el Partido Conservador. En una carta al mismo periódico publicada el 27 de mayo de 1908, S. Torres se explayaba. Con un titular como “Un párroco atropellado por un cacique”, no sólo defendía al cura rechazando el impuesto que se le había asignado, sino que, aprovechando la ocasión, denunciaba: “El Sr. Cura párroco fue clasificado en la primera categoría con más unidades de familia que ninguna de ésta, para que así resultase más caro que todos los de ella, y el alcalde, Sr. Bustos, se coloca en la tercera, debiendo por su posición pecuniaria estar en la primera, y con el agravante de ponerse menos unidades de familia que en sí tiene y le corresponde. Además, han dejado de ser incluidos en este reparto varios contribuyentes que debieron serlo, y entre éstos un hermano del señor alcalde, farmacéutico, con 25 o 30000 pesetas de capital”.

Continúa S. Torres atacando al alcalde y defendiendo al párroco para concluir: “…en mi edad he conocido muchos políticos que han pasado por el puesto que ocupa este señor, y puedo asegurarle que a ninguno le rodea la aureola de odiosidad y malquerencia de este vecindario que al tan nombrado señor Bustos”.

 Poco tiempo después, en 1911, fallecía el alcalde Manuel Bustos Quiñones, y el Partido Liberal fue entrando en declive hasta su práctica desaparición. En el periodo siguiente, el Partido Conservador, con Manuel Torres Quiñones como gran protagonista, dominó en el panorama político de Pozo Alcón. En 1919, sólo Francisco Antiñolo Leyva y Gregorio Antiñolo Rodríguez eran concejales del Partido Liberal, en una Corporación de 13 munícipes. Al año siguiente, la mayoría de liberales se habían pasado al Partido Conservador, según podemos leer en esta noticia breve aparecida en el diario “EL Sol” el 23 de abril de aquel año:

Se refiere, naturalmente, al farmacéutico Francisco Antiñolo, quien también será otro gran protagonista de la historia local. En cualquier caso, poco después, tras el golpe del general Primo de Rivera – que en la práctica derogaba la Constitución de 1876- todos ellos, liberales y conservadores, se integrarán en el Partido único de la Dictadura de Primo en la Unión Patriótica, de todo lo que nos ocuparemos en el próximo artículo.

José Manuel Leal

Un pensamiento en “Pozo Alcón: La Historia y sus gentes. XXVIII

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